top of page

Cuando la materia respira: entrevista con Agustina Rinaldi

  • Foto del escritor: Candelaria Penido
    Candelaria Penido
  • 30 dic 2025
  • 5 Min. de lectura

Por Candelaria Penido


Agustina Rinaldi en la exposición El problema de los tres cuerpos


Entre hongos que laten, flores vigiladas por humanos vigilados y líquidos que murmuran, El problema de los tres cuerpos —curada por Agustina Rinaldi en Fundación Andreani— ensaya otros equilibrios posibles entre lo humano y lo no humano. Un diálogo sobre la agencia de la materia, la vitalidad de lo que nos rodea y el arte como laboratorio ético.


El problema de los tres cuerpos, la exposición de arte contemporáneo curada por Agustina Rinaldi inaugura una nueva edición del ciclo Desafíos en Fundación Andreani (Buenos Aires, Argentina) —un programa que invita cada año a un curador joven a incorporar una investigación en curso. En esta ocasión, el eje es el posthumanismo y los nuevos materialismos, un campo teórico y sensible que cuestiona la centralidad del ser humano y propone otras formas de coexistencia entre lo vivo, lo artificial y lo mineral.


En la sala, tres instalaciones orbitan un mismo eje: una escultura de micelio, flores hipervigiladas y un sistema líquido autopoiético. Tres cuerpos que se atraen y se desvían, agencias que ponen en crisis la idea de control. Participan los artistas Ángel Salazar, Julieta Tarruabella y Lena Becerra. Salazar trabaja con el hongo Pleurotus ostreatus —también conocido como hongo ostra—, cultivando esculturas vivas que evolucionan a lo largo de la muestra. Tarruabella explora los vínculos entre lo orgánico y lo sintético en una instalación donde flores naturales conviven con cámaras de vigilancia y monitores que observan tanto a las plantas como a los visitantes. Becerra, por su parte, compone un ecosistema líquido y sonoro que se altera con el paso del tiempo, una entidad acuosa que genera vida microscópica en su interior.


Charlamos con la curadora sobre las derivas de esta investigación, la materia como protagonista y el papel del arte frente a un presente cada vez más biotecnológico.


Ensayar otros equilibrios posibles entre lo humano y lo no humano


—¿Qué significa para vos hablar de posthumanismo en arte contemporáneo?


Hace varios años que vengo investigando el campo de los posthumanismos, primero desde una curiosidad muy personal. Siempre comienzo desde ahí: una investigación hacia adentro, casi íntima, que después se abre a la práctica curatorial. En este caso, la invitación de Fundación Andreani fue una oportunidad única que permitió trasladar al espacio expositivo una línea de pensamiento.


En el programa, primero convocan al curador y éste convoca a los artistas. Elegí personas con las que ya había trabajado o seguía de cerca, porque sabía que en sus prácticas había una relación con lo que me interesaba tratar. Quería que la exposición funcione como un ensayo, una prueba para imaginar otros vínculos posibles entre lo humano y lo no humano. Los museos, las galerías, los espacios de arte pueden ser laboratorios para ensayar otros imaginarios.


La materia tiene memoria, agencia y deseo


—Mencionás los “nuevos materialismos”, aunque decís que no son tan nuevos. ¿Por qué te interesa retomarlos hoy?


Es verdad, no lo son. Desde antes de Cristo, filósofos como Tito Lucrecio Caro ya reflexionaban sobre el mundo material. Pero en los últimos años este campo se reavivó, sobre todo a partir de pensadoras feministas que trabajan la relación entre ciencia, organismos y cultura.


Hoy entendemos que no es algo pasivo ni moldeable solo por los humanos, sino que posee agencia, memoria, potencia. Cada elemento guarda en sí misma la historia del planeta. La exhibición pone en escena esa vitalidad.

El posthumanismo no propone borrar lo humano, sino desplazarlo: mirarlo desde otra escala, compartir el centro. Esa mirada me resulta profundamente ética, porque nos obliga a pensar en comunidad con lo otro.


Tres entes orbitando una misma pregunta


—El título, El problema de los tres cuerpos, tiene resonancias de la física y del movimiento. ¿Por qué lo elegiste?


Me interesaba esa idea de un sistema inestable. En física, este desafío habla de la dificultad de predecir cómo se moverán tres cuerpos bajo fuerzas de atracción mutuas: cualquier mínima variación puede alterar toda la trayectoria. Esa metáfora me resultó perfecta para pensar esta curaduría: tres obras que se afectan mutuamente, sin jerarquías, sin un punto fijo de equilibrio.


Cada artista trabaja con una materialidad distinta y, a la vez, las tres dialogan en un ecosistema compartido. En ese sentido, el título no remite a un concepto científico cerrado sino, como metáfora, a una condición: la imposibilidad de controlar el movimiento, de anticipar cómo se comportarán las entidades una vez en relación.


Cuerpos que crecen, observan y fluyen


—¿Cómo se traduce esa idea en el trabajo de Ángel Salazar?


Ángel trabaja con el hongo ostra, un medio vivo que cambia según el entorno. Lo que se exhibe es una escultura de micelio, acompañada por sensores que registran humedad, temperatura y dióxido de carbono, cuyos datos definen las imágenes que vemos: el hongo decide.


Su escultura, además, dialoga con la memoria y la muerte. El micelio descompone, recicla, metaboliza residuos en vida nueva. En ese sentido, la creación de Ángel es profundamente posthumana: no representa algo, sino que es algo en devenir.


—¿Y en el caso de Julieta Tarruabella?


En su instalación, flores naturales son vigiladas por cámaras de seguridad. Cuatro monitores transmiten esa observación: tres se enfocan en las plantas, el cuarto en el espectador. No busca simular la naturaleza, sino tensionar el límite entre vigilancia y sensibilidad, entre la mirada humana y la percepción maquínica. En su obra se evidencia el equilibrio: toda presencia muta, solo que a diferentes ritmos. Las flores se abren y marchitan más rápido que nosotros y, sin embargo, todo cambia.


Lena combina líquidos, motores y sonido en una pieza que, más que crecer, fluye. El espectador percibe el movimiento, las vibraciones, los ecos del agua. En la sala, su trabajo produce un estado casi hipnótico: nos recuerda que también somos entes húmedos, permeables.


—¿Qué particularidad aporta la obra de Lena Becerra al conjunto?


Lo que tiene interesante esta pieza es que está muy próxima al tiempo humano porque constantemente algo está pasando. Desde que se montó la muestra, dentro del agua —casi estancada— fueron apareciendo organismos nuevos, visibles y no visibles. Además, se alimenta a sí misma, esta creación no necesita del espectador para continuar. Está siempre viva.


En las tres instalaciones hay procesos abiertos, no cerrados. El micelio crece, las flores se activan, los líquidos vibran.


El arte como territorio en movimiento


—El texto de sala habla de “agencia material” y de obras en devenir…


El proceso lo es todo. La exposición es enteramente procesual, algo poco habitual en el sistema expositivo: aquí las piezas cambian continuamente. No son, van siendo.


La exhibición invita a suspender la mirada antropocéntrica, a ensayar otros modos de atención. No hay un recorrido lineal ni una lectura única.


El visitante también es parte del sistema


—¿Qué tipo de experiencia pensaste para quienes recorren la exposición?


No existen recorridos preestablecidos, sino que se definen por el pulso mismo de la muestra. Los cambios en las obras exhibidas determinan cómo se las abordan. Cuando los capullos están cerrados, por ejemplo, las personas se acercan muchísimo. Cuando las flores se abren o los pétalos caen, la distancia se amplía para abarcar la escena general.


Pensar el arte como un laboratorio ético


—En un mundo atravesado por la inteligencia artificial, la biotecnología y la crisis climática, ¿qué papel puede tener el arte para imaginar nuevos escenarios?


Es la única manera. Creo que el arte puede acercarnos a la construcción de otros imaginarios en un presente donde eso no parece posible. Donde aún rige la dominación de la humanidad por sobre la no humanidad y de quienes tienen poder por sobre los que carecen de él.


El arte se vuelve entonces un acto casi revolucionario: poner en escena otras formas de coexistencia, de cuidado, de relación con los otros—humanos o no—.



Fotos de prensa por la Fundación Andreani

Entrevista por Candelaria Penido


Periodista cultural, licenciada en Comunicación y diplomada en Historia del Arte. Escribe sobre el cruce entre la producción artística, ideas y emociones. También es poeta, para convertir la mirada en palabras.


bottom of page